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martes, 8 de abril de 2014

Crítica de "El Cabaret de los Hombres Perdidos", de Christian Siméon y Patrick Laviosa

 Categoría: OBRA MUSICAL

Crítica de El Cabaret de los Hombres Perdidos
Título original: Le Cabaret des Hommes Perdus

Buenos Aires, Argentina.
Temporada 2012 – 2013 – 2014 (Teatro-Bar Molière).

Calificación: /10 
 

¿De qué se trata?: En Francia, Dicky se encuentra desprotegido y lastimado. Su mayor aspiración es ser un cantante reconocido. Tras encontrar asilo en un peculiar bar en la zona roja gay, el Destino en persona se hará cargo de su vida y lo impulsará a seguir un camino distinto del que él había pensado. Las (estrafalarias) personas con las que se encuentre lo modificarán de una manera especial. Esta obra trata como grandes temas la fama y la homosexualidad.

El punto fuerte de la obra: el libro de Christian Simeón.

Fui a ver la obra con uno de mis tíos, que es chef. Al finalizar, me dijo “Vos me trajiste a ver una obra francesa, y ahora yo quiero que conozcas la cocina francesa”. Fuimos, entonces, a un restaurant francés que queda a unas pocas cuadras de distancia la sala. Al entrar, un mozo nos alcanzó unas copitas con una bebida de un color rosa muy curioso, con burbujas pequeñas. Agradecí el ofrecimiento, pero dije que no quería. El monsieur me la dio igual. A mí no me atraen las bebidas alcohólicas, y no tomo ni una cerveza, pero me llamó la atención el aspecto de ese trago. Mi tío me explicó que se llamaba kir royal, y que es muy común en Francia. Me dije que, por lo menos a título anecdótico, tenía que dar un sorbo. Resulta que ese rosa centellante que parecía suave en realidad tenía cierta fuerza oculta. Esa minúscula cantidad bastó para experimentar cómo un ardor me recorría la garganta y se apoderaba de ella con burbujeante prepotencia. Para alguien como yo, no habituado a tomar bebidas de estilo, esto resulta una sensación súbita e inesperada. ¿A dónde quiero llegar? A que El Cabaret de los Hombres Perdidos es un kir royal.

Quiero adelantar que, al ser esta la tercera temporada, hablaré con un poco más de libertad acerca de algunos aspectos de la trama (como hice con Casi Normales), pero no voy a explicitar detalles cruciales.
Dicho esto, el espacio del Cabaret de los Hombres Perdidos funciona como una iniciación brusca para el personaje de Dicky (Esteban Masturini). Por eso lo comparo con el kir royal. Cuando él llega por primera vez, lo concibe como un lugar deslumbrante y promisorio (es su refugio). Principalmente, porque cree saber qué es lo mejor para él y que allí puede encontrar la forma de empezar a cumplir su sueño. No obstante, se topa con el personaje del Destino (Omar Calicchio), que tiene preparado algo distinto para él. Una vez que acepta su carta de recomendación, una fuerza imparable se irá apoderando de él y moldeando su futuro de forma irreversible. Mejor dicho, dos fuerzas: una está marcada por el Pasionómetro (ubicado a la izquierda del escenario) y la otra configura la identidad que no había podido asumir. El Destino lo aclara: será un viaje rápido, como aquella vertiginosa sensación que causa el kir royal a una garganta que nunca había recorrido. Por supuesto, todo cambio violento tiene sus consecuencias. Cuando se pasan a toda velocidad las hojas de un libro, uno llega al final sin haber tenido demasiada consciencia de qué fue lo que sucedió entremedio.
Pero a nosotros, los espectadores, el texto refexivo y simbólico de Christian Siméon nos deja un abanico de situaciones más que pintorescas y, en cierta medida, parece querer iniciarnos junto con Dicky en algunas cuestiones que podemos desconocer, a la vez que nos deja pensando. El público también quedará atrapado en el Cabaret, los personajes nos lo advierten más de una vez.
Siméon (también letrista) presenta escenas desopilantes y gags que albergan un costado sombrío, manejando contrastes permanentes. [Me hubiera gustado estar en la conferencia de prensa que tanto él como Patrick Laviosa dieron en Bs. As. y escuchar su visión, pero un compromiso anterior me impidió asistir.] La traducción de Pablo Rey (libro) y Roberto Peloni (letras) logró ser fiel a su ironía y contiene algunos juegos de palabras.

Lía Jelín pergenió un planteo actoral entre surrealista y expresionista, que dialoga frenéticamente con el absurdo y el patetismo, a tal punto que dejan de diferenciarse y lo que sucede en escena se vuelve una desconcertante celebración en medio del dolor. El vestuario de René Diviú y Omar Calicchio (que posibilita la multiplicidad de personajes a partir de cuatro actores), la escenografía de Diviú y la iluminación de Gonzalo Códova captaron ese ambiente híbrido e indeciso. La realización escenográfica del auto llama la atención en seguida.

La música de Patrick Laviosa es tan bipolar como el resto de la propuesta y transita distintos géneros, como el vodevil a varias voces (bien coreografiado por Seku Faillace) o solos más tradicionales, expresivos y melancólicos (pero no sin sus contrastes internos). La alternancia funciona bien para matizar la historia y darle ambigüedad.
Vale destacar que la sala cuenta con muy buen sonido.

La selección del elenco fue el factor determinante para que la obra funcionara (fue reconocida con el Premio Hugo de Oro a lo mejor de 2012-2013)… y para que siga funcionando en 2014. Capaces tanto de hacer reír como de afectar al público, los cuatro artistas cambian de registro y de personajes con convicción.
A Omar Calicchio (Destino) uno le cree todo lo que actúa o canta, en cualquier obra que esté. Es el protagonista de un número muy entretenido. Diego Mariani (tatuador) aporta la mejor interpretación vocal de la noche con su solo, porque cuando canta uno puede percibir los sentimientos de su personaje luchando por salir. Esteban Masturini (Dicky) consigue mostrarse desconsolado
y perdido y canta la melodía más destacada de la partitura de Laviosa, con una fuerte carga emotiva. Roberto Peloni (la transexual Lullaby) es quien debe teñir de alegría algunos momentos más oscuros.
En la función que presencié, el talentoso Gaby Goldman estaba sentado al teclado, manteniéndose en un rígido personaje con los brazos tatuados. Sin embargo, en el resto de las funciones, el músico será Fernando Albinarrate.

Una reflexión interesante que nos deja la obra (si no la vieron, recomiendo que se salteen estos dos párrafos) es que hay dos vías para lo que se podría llamar la paradoja de la “soledad acompañada”: la que involucra el contacto íntimo con tantas personas que ya no se pueden individualizar y pasan a ser parte del montón (un tatuaje más) y la que garantiza tal nivel de seguridad y certezas que todo se vuelve estático y aburrido.
Frente a los otros musicales con temática gay actualmente en cartel (… y un dia Nico se fue y Priscilla, la reina del desierto), El Cabaret... es el que se enfrenta con una realidad más escabrosa: la homosexualidad no se elige, y uno no puede evadir ese Destino. No hay escape del Cabaret, en el que uno se termina mimetizando, al punto en el que sólo puede respirar entre su humo y sólo puede ver en sus penumbras. La imposibilidad de torcer el destino puede suscitar angustia y desesperación. Mirándolo desde mi óptica heterosexual, me parece un texto muy valiente, que también resalta la importancia de vivir el hoy.

En cuanto a la metáfora de los tatuajes a la que apela la obra, pensemos en lo que pasa con quienes graban en su piel un nombre que luego quieren olvidar. Un método muy difundido es taparlo con otro tatuaje. Pero, ¿y si uno tampoco quiere ver más ese tatuaje? Pide que le hagan otro que se lo cubra. ¿Y si luego, por algún motivo, no puede soportar verlo y quiere otro encima? Es un círculo vicioso, que aguanta mientras lo soporte el cuerpo.

Otro de los grandes temas de la obra es la fama a cualquier precio. No revelaré nada acerca de esto, salvo que el final está muy bien resuelto desde la puesta y se conecta con esta cuestión.
 
En resumen: Un musical entre surrealista y expresionista que desdibuja los límites entre el absurdo y el patetismo. Con divertidos gags, un texto reflexivo y simbólico y grandes interpretaciones, lleva al espectador a un vertiginoso viaje de iniciación, exponiéndolo al humo y la penumbra.


Más información:
Dirección: Lía Jelín
Teatro: Molière (Balcarce 682) – Tel.: 4343-0777
Duración: 1 hora y 45 minutos
Funciones: martes a las 20:30 hs.
Precio de las entradas: $200

Fotos: Alejandro Palacios y Sofía Peralta

facebook.com/elcabaretdeloshombresperdidos

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