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jueves, 12 de marzo de 2015

Crítica de "Daliniana", de Mariano Taccagni y Gaspar Scabuzzo

Categoría: OBRA MUSICAL

Crítica de Daliniana

Buenos Aires, Argentina
Temporada 2015 (El Método Kairós)

Nivel: 6.5 /8 
  

¿De qué se trata?: “No es una biografía de Salvador Dalí. Tampoco representa una oda a su obra. Es una visita a su cerebro, a su imaginación ilimitada. Un paseo por el derrotero fantástico, surrealista, desgarrado de su cosmovisión artística, de su genio”.


El punto fuerte de la obra: la dirección de Mariano Taccagni.

Se le atribuye a Salvador Dalí la frase “La única diferencia entre un loco y yo es que el loco cree que no lo está, mientras yo sé que lo estoy”. Si algo me quedó grabado de lo que aprendí en la facultad sobre este pintor es su método paranoico-crítico, por el que simulaba un estado de locura para intentar ver las cosas como las vería un demente. A su vez, pretendía entrar en estado alfa a través del automatismo psíquico (por ejemplo, se acostaba en un sillón con una cuchara en la mano, para que lo despertara al caerse). Todo esto le permitía coquetear con el subconsciente, ese costado humano enigmático y a veces temible, como todo lo que no se puede domar. Justamente, el movimiento del surrealismo hace referencia a lo que subyace a lo real. A mi entender, Daliniana es un musical conceptual, porque no nos quiere mostrar un período en la vida del artista, sino que intenta adentrarnos en ese mundo retorcido e indeterminado que está más allá del estado de consciencia, pero a través de la mismísima psique de Dalí. Y lo más interesante es que lo logra.

jueves, 5 de junio de 2014

Crítica de "Ficcionario, bagaje de la creación", de Stella Maris Faggiano y Nacho Medina

Categoría: MONÓLOGO

Crítica de Ficcionario, bagaje de la creación

Buenos Aires, Argentina.
Temporada 2014 (Teatro La Comedia).

Calificación: 8.5 /10


 ¿Por qué los globos nunca pasan de moda y siguen produciendo cierta fascinación? ¿Será porque nos ilusiona la idea de que sin nuestro soplido son inútiles? ¿Será porque les damos vida?

En fin, Ficcionario es una obra intimista, con pocas localidades por función. Está protagonizada por Stella Maris Faggiano, que está increíblemente bien plantada en escena (por eso recomiendo ver este trabajo a quienes estudian teatro).
¿De qué se trata? Es difícil encasillar esta obra. Es un monólogo con unas pocas canciones, hablado mayormente en verso (para los que tienen menos contacto con la poesía, no se imaginen sólo versos con la típica rima consonante, como el caso de rima y prima). A grandes rasgos, Faggiano (también dramaturga) decidió plasmar un cúmulo de reflexiones y pensamientos en movimiento, creando la sensación de que estamos metidos en la mente (bastante trastornada) de su personaje. El subtítulo ‘bagaje de la creación’ nos anticipa este ordenamiento caótico.
Circulan temas como la soberanía de la TV, la velocidad del mundo moderno, la realidad virtual (que parece más real que la propia realidad), la prostitución, el alcohol, la vida del poeta y la monotonía (en un cuadro donde la coreografía acompaña lo que se dice). No se trata todo eso directamente, sino que “disfrazado” por el vestido de la poesía y lo teatral. Es más, puede ser que lo que a mí me pareció que se refería a algo hablaba en realidad de otra cosa. Pero la idea es que el espectador sea activo y piense, por ejemplo, en el valor de romper con la monotonía de su vida (por otro lado, es inevitable que persista una parte considerable de la monotonía: escribo esto a punto de ir a lavarme los dientes, sabiendo que ya me los lavé miles y miles de veces en el transcurso de mi vida y que me los tendré que seguir lavando por lo menos cuatro veces por día por muchos años más).  ¿Será la creatividad la forma de salir de la monotonía? Muy posiblemente (y el arte tiene mucho que ver en esto).
Ficcionario es una especie de ejercicio entre dadaísta y surrealista. Podrá ahuyentar a los espectadores más tradicionales, pero está bien realizado.
Por señalar un detalle, aplaudo que se hayan elegido colores primarios para las bolitas de telgopor que se usan en un momento, porque estos colores están relacionados con el mundo infantil (son más fáciles de percibir por los chicos). Esto está en sintonía con la personalidad aniñada que suele adoptar Faggiano, si bien vive un proceso de maduración (aunque uno puede decidir si conectar las historias que ella cuenta o no).
Creo que será más conveniente seguir con esta crítica en verso, pero aviso que no respetaré la métrica ni seguiré el estilo de la obra…


En Ficcionario, las palabras son acciones:
trascienden la cárcel de lo escrito,
se desentienden de lo hablado
y terminan provocando emociones.
Con un simple ordenamiento
de caracteres o de sonidos,
se vuelven autónomas creaciones
que transforman lo que las rodea.
Frecuentemente, ignoramos su poder,
pero a veces las guardamos en cajones
porque no podemos controlarlas
cuando llegan a otros
y se clavan como aguijones.
Escribir es cambiar la realidad,
es dejar una marca profunda
en busca de interpretaciones.


Faggiano lucha con sus palabras,
que empujan hasta retorcer su cuerpo
y emerger como volcánicas confesiones.
La coreografía de Lucho Cejas
con pulso contemporáneo
escenifica violentas transformaciones,
y Faggiano se mueve sabiendo
que está dejándose habitar
por constrictoras cavilaciones.
Su cuerpo se convierte en un medio,
en un ultrajado títere circunstancial
que vivifica enmarañadas ficciones,
amenazantes por su indeterminación.

La dirección de Lautaro Metral
busca corporizar las tracciones
que sufre nuestra insondable mente
en el lóbrego mundo del pensamiento,
donde conviven etéreas contradicciones.
¿Pretendemos desconocer nuestra psicosis?
¿Preferimos ser los ebrios pilotos
o los ignorantes aviones?
Cuando el sueño desata nuestra locura,
¿nos hacemos cargo de lo que muestra ese cóncavo espejo
o buscamos amputar con el olvido las confusiones?

La dirección musical de Nacho Medina
acompaña la sinuosa línea del monólogo
con algunas tétricas canciones.
El vestuario se vuelve fundamental,
y con un excelente planteo
se somete a las mutaciones.
La excelente y creativa escenografía,
además de conceptual y funcional
es un ejemplo para otras producciones
que no saben lidiar con lo abstracto.
Lo fugaz, lo veloz, lo infantil y lo lúdico
se plasman a partir de competentes decisiones.
La iluminación de Ariel Ponce
termina de encerrar al público
en este tejido de desatadas pasiones
y lo convierte en pieza prescindible
de un aleatorio rompecabezas.

Catarata de vibraciones,
el convulsivo texto de Faggiano
nos hace pasar por diferentes estados.
En cuanto a las puntuales significaciones,
cada uno encontrará la suya (o ninguna,
porque el planteo de la actriz/dramaturga
es rebelde y no exige justificaciones).
Trata temas interesantes y profundos,
pero desde su abierta poetización,
centrándose en generar sensaciones.
Es por esto que Faggiano es ideal para el rol,
porque sabe habitar la totalidad del espacio
y dotar a su(s) criatura(s) de variaciones.
Muta constante y abruptamente en escena,
pasando de la inocencia infantil a la locura
en una procesión de transiciones.
Evidentemente, Ficcionario es una piñata.
¿Quién sabe con qué se va a encontrar si explota?
Podés descubrirlo… quedan 5 funciones.

¡Joven!


Más información:
Dirección: Lautaro Metral
Escenografía: Ezequiel Procopio
Maquillaje: Sofía Núñez
Vestuario: Estudio Saldivia-Spiridione
Fotografía y diseño gráfico: Fuentes2Fernandez
Difusión y community manager: Poncharte
Prensa: Alejandro Andolfi y Morena López Blanco
Stage manager: Maximiliano Perugino
Producción ejecutiva: Vero Larrea

Teatro: La Comedia (Rodríguez Peña 1062)
Funciones: lunes a las 21 hs.
Precio de las entradas: $100
Promoción: 2x1 con Club La Nación
Duración: 55 minutos

facebook.com/ficcionario2013
plateanet.com/obras/ficcionario

martes, 8 de abril de 2014

Crítica de "El Cabaret de los Hombres Perdidos", de Christian Siméon y Patrick Laviosa

 Categoría: OBRA MUSICAL

Crítica de El Cabaret de los Hombres Perdidos
Título original: Le Cabaret des Hommes Perdus

Buenos Aires, Argentina.
Temporada 2012 – 2013 – 2014 (Teatro-Bar Molière).

Calificación: 9 /10 
 

¿De qué se trata?: En Francia, Dicky se encuentra desprotegido y lastimado. Su mayor aspiración es ser un cantante reconocido. Tras encontrar asilo en un peculiar bar en la zona roja gay, el Destino en persona se hará cargo de su vida y lo impulsará a seguir un camino distinto del que él había pensado. Las (estrafalarias) personas con las que se encuentre lo modificarán de una manera especial. Esta obra trata como grandes temas la fama y la homosexualidad.

El punto fuerte de la obra: el libro de Christian Simeón.

Fui a ver la obra con uno de mis tíos, que es chef. Al finalizar, me dijo “Vos me trajiste a ver una obra francesa, y ahora yo quiero que conozcas la cocina francesa”. Fuimos, entonces, a un restaurant francés que queda a unas pocas cuadras de distancia la sala. Al entrar, un mozo nos alcanzó unas copitas con una bebida de un color rosa muy curioso, con burbujas pequeñas. Agradecí el ofrecimiento, pero dije que no quería. El monsieur me la dio igual. A mí no me atraen las bebidas alcohólicas, y no tomo ni una cerveza, pero me llamó la atención el aspecto de ese trago. Mi tío me explicó que se llamaba kir royal, y que es muy común en Francia. Me dije que, por lo menos a título anecdótico, tenía que dar un sorbo. Resulta que ese rosa centellante que parecía suave en realidad tenía cierta fuerza oculta. Esa minúscula cantidad bastó para experimentar cómo un ardor me recorría la garganta y se apoderaba de ella con burbujeante prepotencia. Para alguien como yo, no habituado a tomar bebidas de estilo, esto resulta una sensación súbita e inesperada. ¿A dónde quiero llegar? A que El Cabaret de los Hombres Perdidos es un kir royal.

Quiero adelantar que, al ser esta la tercera temporada, hablaré con un poco más de libertad acerca de algunos aspectos de la trama (como hice con Casi Normales), pero no voy a explicitar detalles cruciales.
Dicho esto, el espacio del Cabaret de los Hombres Perdidos funciona como una iniciación brusca para el personaje de Dicky (Esteban Masturini). Por eso lo comparo con el kir royal. Cuando él llega por primera vez, lo concibe como un lugar deslumbrante y promisorio (es su refugio). Principalmente, porque cree saber qué es lo mejor para él y que allí puede encontrar la forma de empezar a cumplir su sueño. No obstante, se topa con el personaje del Destino (Omar Calicchio), que tiene preparado algo distinto para él. Una vez que acepta su carta de recomendación, una fuerza imparable se irá apoderando de él y moldeando su futuro de forma irreversible. Mejor dicho, dos fuerzas: una está marcada por el Pasionómetro (ubicado a la izquierda del escenario) y la otra configura la identidad que no había podido asumir. El Destino lo aclara: será un viaje rápido, como aquella vertiginosa sensación que causa el kir royal a una garganta que nunca había recorrido. Por supuesto, todo cambio violento tiene sus consecuencias. Cuando se pasan a toda velocidad las hojas de un libro, uno llega al final sin haber tenido demasiada consciencia de qué fue lo que sucedió entremedio.
Pero a nosotros, los espectadores, el texto refexivo y simbólico de Christian Siméon nos deja un abanico de situaciones más que pintorescas y, en cierta medida, parece querer iniciarnos junto con Dicky en algunas cuestiones que podemos desconocer, a la vez que nos deja pensando. El público también quedará atrapado en el Cabaret, los personajes nos lo advierten más de una vez.
Siméon (también letrista) presenta escenas desopilantes y gags que albergan un costado sombrío, manejando contrastes permanentes. [Me hubiera gustado estar en la conferencia de prensa que tanto él como Patrick Laviosa dieron en Bs. As. y escuchar su visión, pero un compromiso anterior me impidió asistir.] La traducción de Pablo Rey (libro) y Roberto Peloni (letras) logró ser fiel a su ironía y contiene algunos juegos de palabras.

Lía Jelín pergenió un planteo actoral entre surrealista y expresionista, que dialoga frenéticamente con el absurdo y el patetismo, a tal punto que dejan de diferenciarse y lo que sucede en escena se vuelve una desconcertante celebración en medio del dolor. El vestuario de René Diviú y Omar Calicchio (que posibilita la multiplicidad de personajes a partir de cuatro actores), la escenografía de Diviú y la iluminación de Gonzalo Códova captaron ese ambiente híbrido e indeciso. La realización escenográfica del auto llama la atención en seguida.

La música de Patrick Laviosa es tan bipolar como el resto de la propuesta y transita distintos géneros, como el vodevil a varias voces (bien coreografiado por Seku Faillace) o solos más tradicionales, expresivos y melancólicos (pero no sin sus contrastes internos). La alternancia funciona bien para matizar la historia y darle ambigüedad.
Vale destacar que la sala cuenta con muy buen sonido.

La selección del elenco fue el factor determinante para que la obra funcionara (fue reconocida con el Premio Hugo de Oro a lo mejor de 2012-2013)… y para que siga funcionando en 2014. Capaces tanto de hacer reír como de afectar al público, los cuatro artistas cambian de registro y de personajes con convicción.
A Omar Calicchio (Destino) uno le cree todo lo que actúa o canta, en cualquier obra que esté. Es el protagonista de un número muy entretenido. Diego Mariani (tatuador) aporta la mejor interpretación vocal de la noche con su solo, porque cuando canta uno puede percibir los sentimientos de su personaje luchando por salir. Esteban Masturini (Dicky) consigue mostrarse desconsolado
y perdido y canta la melodía más destacada de la partitura de Laviosa, con una fuerte carga emotiva. Roberto Peloni (la transexual Lullaby) es quien debe teñir de alegría algunos momentos más oscuros.
En la función que presencié, el talentoso Gaby Goldman estaba sentado al teclado, manteniéndose en un rígido personaje con los brazos tatuados. Sin embargo, en el resto de las funciones, el músico será Fernando Albinarrate.

Una reflexión interesante que nos deja la obra (si no la vieron, recomiendo que se salteen estos dos párrafos) es que hay dos vías para lo que se podría llamar la paradoja de la “soledad acompañada”: la que involucra el contacto íntimo con tantas personas que ya no se pueden individualizar y pasan a ser parte del montón (un tatuaje más) y la que garantiza tal nivel de seguridad y certezas que todo se vuelve estático y aburrido.
Frente a los otros musicales con temática gay actualmente en cartel (… y un dia Nico se fue y Priscilla, la reina del desierto), El Cabaret... es el que se enfrenta con una realidad más escabrosa: la homosexualidad no se elige, y uno no puede evadir ese Destino. No hay escape del Cabaret, en el que uno se termina mimetizando, al punto en el que sólo puede respirar entre su humo y sólo puede ver en sus penumbras. La imposibilidad de torcer el destino puede suscitar angustia y desesperación. Mirándolo desde mi óptica heterosexual, me parece un texto muy valiente, que también resalta la importancia de vivir el hoy.

En cuanto a la metáfora de los tatuajes a la que apela la obra, pensemos en lo que pasa con quienes graban en su piel un nombre que luego quieren olvidar. Un método muy difundido es taparlo con otro tatuaje. Pero, ¿y si uno tampoco quiere ver más ese tatuaje? Pide que le hagan otro que se lo cubra. ¿Y si luego, por algún motivo, no puede soportar verlo y quiere otro encima? Es un círculo vicioso, que aguanta mientras lo soporte el cuerpo.

Otro de los grandes temas de la obra es la fama a cualquier precio. No revelaré nada acerca de esto, salvo que el final está muy bien resuelto desde la puesta y se conecta con esta cuestión.
 
En resumen: Un musical entre surrealista y expresionista que desdibuja los límites entre el absurdo y el patetismo. Con divertidos gags, un texto reflexivo y simbólico y grandes interpretaciones, lleva al espectador a un vertiginoso viaje de iniciación, exponiéndolo al humo y la penumbra.


Más información:
Dirección: Lía Jelín
Teatro: Molière (Balcarce 682) – Tel.: 4343-0777
Duración: 1 hora y 45 minutos
Funciones: martes a las 20:30 hs.
Precio de las entradas: $200

Fotos: Alejandro Palacios y Sofía Peralta

facebook.com/elcabaretdeloshombresperdidos