Las 5 entradas más populares de la semana

Mostrando entradas con la etiqueta Origen español. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Origen español. Mostrar todas las entradas

lunes, 17 de noviembre de 2014

Crítica de "La Celia", de Santiago Castelo, Emilio Sagi y Jordi López

Categoría: OBRA MUSICAL

Crítica de La Celia

Buenos Aires, Argentina
Temporada 2014 (Maipo Kabaret)

Nivel: /8
(Falta 1 obra para completar el grupo de 3)


¿De qué se trata?: Memoria sentimental de Celia Gámez (1905-1992), una actriz, cantante y bailarina argentina que reinó en España.

El punto fuerte de la obra: Ivanna Rossi.

Y al llegar te diré: ‘Mírame’
Y al mirar me dirás: ‘Quiéreme’
(…)
Para hacerme feliz mírame
Para hacerme soñar mírame
Si me quieres matar, mírame

Sí, Celia Gámez fue una artista argentina radicada en España que se caracterizó por acaparar miradas. A lo largo del espectáculo, nos enteraremos de cómo imponía modas, suscitaba rumores sobre su vida amorosa y llenaba teatros durante décadas. Sin embargo, en el creativo programa de mano se nos aclara que estamos frente a una “memoria sentimental”, y la denominación es acertadísima. Esto se debe a que ver La Celia es mucho más que observar el discurrir de una vida: es hacer un viaje en el tiempo y encontrarse cara a cara con una estrella y rememorar un estilo artístico al que estamos poco acostumbrados a disfrutar en vivo en nuestro país. De hecho, como bien se dice en la obra, en la Argentina Celia no era tan conocida como en España. Los argentinos estamos mucho más familiarizados, por ejemplo, con Sara Montiel, otra indiscutida reina de la canción española (y que, al igual que Gámez, interpretó el “Pasacalle de los nardos”).

lunes, 23 de junio de 2014

Crítica de "Bodas de sangre", de Federico García Lorca, con música de Héctor Romero

Categoría: OBRA CON MÚSICA

Crítica de Bodas de sangre

Buenos Aires, Argentina.
Temporada 2014 (Teatro El Método Kairós).

Nivel: /8
(Faltan 2 obras para completar el grupo)
  
 “(...) era un río oscuro, lleno de ramas,
que acercaba a mí el rumor de sus juncos y su cantar entre dientes”

¿De qué se trata?: Con la boda a punto de concretarse, una novia se verá acosada por el recuerdo de su pareja anterior: un hombre que está casado con su prima y cuya familia tiene una conexión oscura con la del novio.

El punto fuerte de la obra: la actuación de Tiki Lovera como la Madre.
Lovera es una de esas actrices que uno no puede encasillar. Como la Madre, tiene una presencia dominante y estoica, que consigue con una postura rígida y un manejo acorde del pulso dramático. Además, hay una cuota de virilidad en su criatura, si bien esto puede resultar contradictorio por cómo alaba la sumisión de las mujeres a los hombres. En efecto, considera que el hombre perfecto es el que deja “un hijo en cada esquina” (sí, hubiera sido fanática de cierto jugador de fútbol, pero no existía en los años 30). No obstante, al estar ausente ese poderío masculino en su casa (su marido y su hijo mayor fueron asesinados) fue ella la que se vio obligada a absorberlo.

Volviendo al pulso dramático, es vital tanto para la forma en que Federico García Lorca concibió Bodas de sangre como para la puesta de Marcelo Caballero.
Empecemos por lo primero. No es ninguna novedad que, si uno logra abstraer lo esencial, el argumento de Bodas de sangre es simple. Sin embargo, es el talento de García Lorca lo que le da volumen (a partir de los diálogos cortos pero punzantes, la simbología, el ritmo, las imágenes sensoriales, las metáforas, los tramos en verso y las acotaciones). Ciertamente, no es lo mismo estar abrazados que estar “abrazados como una exhalación”. Frases breves como “me duele hasta la punta de las venas” o “tus hijos son hijos tuyos nada más” encierra un gran impacto. Y con todo esto quiero llegar a que, según mi perspectiva, García Lorca quiso darle más relevancia a lo conceptual que a lo argumental. Eso explicaría por qué todos los personajes tienen nombres genéricos (la Criada, la Vecina, la Novia, la Suegra, etc.), dándoles un carácter más universal al quid de lo que se cuenta. Es cierto, Leonardo Félix tiene nombre y apellido. Si no conocés la historia de Bodas de sangre, tal vez te convenga saltear lo que queda del párrafo. Yo pienso que esto podría deberse a que García Lorca quiere mostrar cómo siempre hay alguien que es señalado como el culpable en cada tragedia, y cuyo nombre queda grabado en la mente de los demás. No obstante, sabemos que Leonardo no es el único culpable, pero en un principio es él quien está en el foco de nuestra atención y es él a quien acusamos. Christian Alladio lo sabe, y por eso no hace ningún esfuerzo para que nos congraciemos con él, como sí podría suceder en otras historias de amor prohibido.

En fin, si García Lorca buscaba transmitirnos un concepto, ¿cuál es? En realidad, no se trata de un único concepto, y como ya ha escrito sobre esto gente que ha analizado la obra en profundidad, me parece más adecuado para tratar aquí cuál es el concepto predominante en la puesta de Marcelo Caballero (dirección general). Caballero trabaja con la idea de que la desdicha y la muerte están acechando constantemente, esperando el momento para operar. Consigue esto, por ejemplo, a través de los cambios de ritmo (y por eso es que decía que el pulso dramático era importante). Como en un ciclo de sístole y diástole, se van alternando momentos donde dos personajes hablan entre ellos encerrados en un poco de suspenso con otros donde, de repente, se rompe esa atmósfera y toman participación quienes los rodean o ingresan. Ese afán de aislar porciones del total para después reintegrarlas va tejiendo la tensión, porque uno está al tanto de lo que puede llegar a pasar y de las consecuencias que esto puede traer para el resto de los personajes, que no presenció todos los diálogos. También, hay cambios de intensidad inesperados dentro de una misma situación: por ejemplo, cuando la Novia se está arreglando para la boda y tira la corona de azahar, se produce una variación en la atmósfera. Por supuesto, no hay que pasar por alto que Lorca quiso que una situación fundamental se desarrollara fuera de escena, jugando otra vez con el misterio y la presencia de la Muerte en cada rincón.

Un segundo factor que apuntala esto es la dirección de arte y escenografía del propio Caballero. Todo lo que está en escena queda expuesto ante el espectador (tal como el texto deja sobre el tapete las conexiones entre los personajes); no hay paneles que tapen a nadie. Los actores esperan a un costado durante algunas escenas. Esta desprotección nos hace pensar en que no hay forma de que estos seres escapen de la tragedia. De hecho, la misma Muerte, en la piel de la Mendiga, es capaz de pedirle a la Luna que ilumine a quienes quiere llevarse con ella. Por lo demás, la escenografía respeta con sencillez el ambiente rural y descampado de los terrenos de la Novia. El vestuario contribuye a borrar todo atisbo de alegría que podría verse en la boda.
[Un paréntesis: pienso que sería una idea divertida hacer alguna vez una versión de Bodas de sangre donde el público entre a un salón y se siente en las típicas mesas de casamiento, donde podrían ubicarse también algunos personajes, que después saldrían a bailar al centro. Sería una versión situada en una época más contemporánea.]

La música de Héctor Romero es el tercer pilar del concepto descripto. Las melodías tienen algo de tétricas (aún cuando son festivas) y son irrefutablemente españolas (cantadas, por momentos, con esa forma tan particular de romper suavemente la voz). Junto con la imaginativa y sombría poesía de Lorca, no nos dejan olvidar que la desgracia es inminente, pese a que todo nos parezca normal. Desde un primer momento, sabemos que algo anda mal cuando una canción de cuna habla sobre un caballo agonizante con bastante crueldad (y, precisamente, la figura del caballo cobrará más significado luego).
Cabe destacar el vigor de Carmen Mesa como bailarina y la pertinencia del golpeteo amenazante que marcó con su coreografía, emulando al de un caballo. Hace honor a su sangre española.
En cuanto al registro del elenco en general, se optó nuevamente por lo lúgubre y lo misterioso. Ha habido numerosas puestas de Bodas de sangre, y en muchas se ponía el acento en la pasión exacerbada, pero en este caso se podría decir que la elección actoral es coherente con el resto de la diagramación. Si bien, como dije antes, hay un claro destaque por parte de Tiki Lovera, otra actuación convincente resulta ser la de Chusa Blásquez (la Mujer), en un rol secundario.

El texto, que García Lorca estrenó hace 80 años en nuestro país, se presenta sin adaptación y hablado en español.

Notas:
1) Interesante la imagen tomada para la gráfica. Según pude averiguar, pertenece al pueblo de Níjar, donde habría ocurrido un crimen que inspiró a García Lorca para escribir esta obra.
2) ¿Por qué se llama Bodas de sangre y no Boda de sangre? Tal vez, porque no es sólo la boda que presenciamos la que se ve afectada por... bueno, lo que ya sabemos. Por lo demás, es un título bastante explícito, que nos sigue dando la pauta de que el concepto y la sensación que se busca transmitir importan más que la historia en sí.

Más información:
Dirección general: Marcelo Caballero
Dirección musical: Héctor Romero
Asistente de dirección y swing: María Laura Fuchs
Producción general: Jaime Díaz y M. Caballero
Elenco: Christian Alladio (Leonardo), Lucía Andreotta (La Mendiga), Chusa Blásquez (La Mujer), Conrado Busquier (El Leñador), Jaime Díaz (La Luna), José Manuel Espeche (El Padre), Tiki Lovera (La Madre), Pepa Luna (La Suegra), Mercedes Mastropierro (La Criada), Carmen Mesa (La Vecina), Lizzy Pane (La Novia) y Gonzalo Ramos (El Novio)
Músicos: H. Romero (guitarra) y Pablo Alexander (percusión)
Stage manager: Luciana Renne / Stage manager de piso: Déborah Zabala
Vestuario: Romina Ivanoff, Cristina Celentano y Estela Abdala Zarzur
Recreación de mobiliario de época: Sebastián Mur
Fotografía: Nacho Lunadei / Vanesa Schappi (en sala)
Prensa y comunicación: Marcelo Boccia RP

Teatro: El Método Kairós (El Salvador 4530)
Precio de las entradas: $90.-
Duración: 1 hora y 15 minutos aprox.
Funciones: domingo 20:30 hs.
Promoción: 2x1 para clientes de Cablevisión (consultar página web)

Twitter: @BodasDeSagre_
reservas@bodasdesangre.com.ar

martes, 11 de junio de 2013

Crítica de "Forever Young", de Eric Gedeon, en versión de Paco Mir, Joan García, Carlos Sans, Pablo Kompel, Sebastián Bultrach y Daniel Casablanca

Crítica de Forever Young

Buenos Aires, Argentina.
Temporada 2012 – 2013 (Teatro El Picadero) – 2014 (Teatro Metropolitan Citi).

Calificación: 7.5/10


¿De qué se trata?: Un musical con un amplio repertorio de canciones de los 70s, 80s y 90s, que cuenta un día en la vida de seis ancianos que han sido artistas y viven juntos en un geriátrico. Las canciones les sirven para combatir el aburrimiento y no perder la vitalidad, enfrentando la vejez de la mejor manera (con alegría), y aprovechan para divertirse con ellas cada vez que la enfermera se ausenta.
Basada en la versión catalana (del grupo Tricicle) de un musical noruego (Evig Ung).


El punto fuerte de la obra: las interpretaciones. Sin dudas, los actores son el alma de esta obra, que probablemente no sería tan efectiva si no se hubieran confiado los roles a actores tan buenos, todos experimentados en teatro musical. Parece una paradoja, pero muchas veces se priorizan otras cosas antes que la formación de un actor o lo que transmite en escena, y tiene un gran valor que la producción haya elegido a estos artistas.
Ivanna Rossi, Martín Ruiz, Melania Lenoir, Omar Calicchio, Walter Canella, Andrea Lovera y Dan Breitman son un derroche de histrionismo, y humanizar sus caricaturas. La composición de los personajes está abordada desde la actuación, que la fortalece, y por eso funciona. Los personajes tienen matices, relieves, son cercanos al público, que puede identificarse con ellos. El director, Daniel Casablanca, seguramente tuvo mucho que ver con esto y con la forma en que se vinculas los viejitos, que permanecen toda la obra en escena. Todos los actores saben plantarse y moverse en el escenario con oficio, siempre en personaje, al que habitan. Atraviesan pasajes que requieren de distintas pautas con solvencia, como la rutina de ejercicios, el baile, la reacomodación de cada uno en su lugar o la gran escena con parlamentos de Shakespeare, y tienen el manejo del humor sumamente afianzado.
Gimena Riestra ya ha sido alabada por muchos críticos por su papel de enfermera, y se merece la ovación que recibe. Demuestra intuición escénica, timing y una buena voz para cantar. Su personaje le permite desplegar su talento, presentar a los personajes, generar constantemente situaciones distintas, y dar un vuelco hacia el final de la historia. Hace grande un rol secundario.
Gaby Goldman, por su parte, sigue demostrando que es un pianista y arreglador brillante, pero suma una faceta actoral, en la que se mueve muy bien, en pequeñas intervenciones.


Debo decir que cuando leí cómo estaba estructurado el musical, todo parecía indicar que sería un divertimento chato, porque las canciones aparecían sin tener relación directa con una trama (esta obra carece de un argumento tradicional), como sí sucede en cualquier musical hecho y derecho. No obstante, la resolución de este problema me sorprendió gratamente, si bien es cierto que las canciones no sirven para hacer avanzar la trama ni tienen relación directa con lo que sucede en escena, son fundamentales para dotar de diversión la vida de los protagonistas, cambiando su forma de afrontar la vida. En ese contexto, los personajes no podrían vivir sin música. Además, algunas marcan climas, potenciadas por los arreglos (como “Smells Like Teen Spirit”, que logra transmitir mucho a partir de cómo se canta). También, es notable que una canción como “Barbie Girl” llegue a dar escalofríos gracias a su uso dentro de la obra. Otro momento destacable es la interpretación de “Forever Young” (por Melania Lenoir) que viene después de esa escena, y adquiere un sentido renovado a la luz de lo que pasa.
La selección de canciones fue realmente muy buena y amplia (conviven “El lago de los cisnes”, “Una lágrima sobre el teléfono”, "Notti Magiche", “Roxanne”, “Chiquitita”, “0303456” y “El Rock del Gato” por dar ejemplos de su heterogeneidad), dado que traviesa varias generaciones y géneros. Es por eso que la versión argentina (de Paco Mir, Joan García, Carlos Sans, Pablo Kompel, Sebastián Bultrach y Daniel Casablanca) es creatividad pura, y esto se traslada también a los momentos del libro donde no se canta. La obra hace un manejo ejemplar del humor, puesto que hay gags efectivos permanentemente. El staff de adaptadores argentinos partió de un concepto catalán (basado en la obra original noruega), pero lo dotó de originalidad, personalidad e identidad argentina, apelando al público local con las canciones (el cuadro de rock nacional es un gran momento) y los chistes, buscando su identificación. Hace unos meses, estuve presente en los premios Florencio Sánchez, donde Gimena Riestra subrayó lo importante de apropiarse del material, y abordarlo con creatividad antes que encararlo desde lo superficial (no recuerdo exactamente las palabras que usó, pero Pepe Cibrián se dio por aludido, tras su regular pieza Excalibur, y, por las dudas aclaró que su dramaturgia tenía corazón, sólo que sus obras eran más caras).
Volviendo al libro, este culmina con un giro interesantísimo, e invita a la reflexión y la emoción (ambas en forma sincera y desprejuiciada) en su último tramo.
Por poner un ejemplo de los localismos, despierta carcajadas la mención de Guillermo Francella (aunque ya está cremado y reducido a cenizas, siguen repitiendo Casados con hijos), Julio Chávez (en el borda) y Les Luthiers (vivos, de gira entre Madrid y Buenos Aires).
La escenografía de María Oswald es vistosa, y tiene pósters de comedias musicales argentinas que llamarán la atención de todo fanático del género. El vestuario es simpático y el maquillaje y las pelucas son indispensables para construir la lograda apariencia de los viejitos.
La coreografía simple de la siempre efectiva Elizabeth de Chapeaurouge aporta momentos divertidos.


En resumen: Una obra sencilla, que aborda un tema complejo (envejecer) y nos hace enfrentarnos a él y reflexionar desde el humor. Está apoyada en excelentes interpretaciones de artistas reconocidos del género y una gran adaptación del libro, pensada para el público local, llena de ingenio y gags y manejada con buen timing por el director Daniel Casablanca.

Más información:
Dirección: Daniel Casablanca.
Teatro: El Picadero (Pasaje Discépolo 1857).
Duración: 1 hora 35 minutos.
Funciones: miércoles a domingos.
Entradas: $170 a $200.

NOTA: INFORMACIÓN 2014
Elenco: Walter Canella, Christian Giménez, Melania Lenoir, Andrea Lovera, Mariela Passeri y Germán Tripel. Pianista: Pablo Bronzini.
Teatro: Metropolitan Citi (Av. Corrientes 1343).
Precio de las entradas: desde $180 hasta $240.
Funciones y promociones: consultar en https://www.plateanet.com/Obras/forever-young


miércoles, 5 de junio de 2013

Crítica de "Más de 100 mentiras", de Joaquín Sabina, David Serrano, Fernando Castets y Diego San José

Crítica de Más de 100 mentiras
(el musical con canciones de Sabina)

Buenos Aire, Argentina. Temporada 2013.

Calificación: 8/10



¿De qué se trata?: Juan administra un bar (“Darling’s”) junto con su novia Magdalena, que era una prostituta, como las que diariamente se reúnen allí para obtener clientes. Ellos dos, junto con su amigo Tuli y Samuel, el hermano de Magdalena, idearon hace unos años un crimen que terminó con Tuli en la cárcel y Samuel muerto, por culpa de Villegas (el tío de Juan). Cuando Tuli sale de la cárcel (luego de tres años), busca a sus compañeros de delincuencia para llevar a cabo un nuevo plan, para vengarse de Villegas y ganar varios millones de peso, y así huir de sus secuaces, escapándose a Brasil. Todo esto, en lo que se denomina un musical jukebox (con canciones escritas previamente; en este caso, del español Joaquín Sabina).

El punto fuerte de la obra: la historia. No es mi intención faltarle el respeto a la notable habilidad poética de Sabina, pero las letras estaban obviamente escritas antes de desarrollar el musical, por lo que no puedo elegirlas como lo más destacado. Sinceramente, no me esperaba que la historia fuera sólida. No es que esta sea especialmente creativa o innovadora, ni los diálogos memorables, sino que es destacable por dos motivos. Primero, porque logra atrapar y entretener aún a quienes no son fans de Sabina (generando interés por sí misma, algo que no se logra en muchas propuestas con canciones conocidas). Segundo, porque, en gran parte de la obra, las canciones están integradas a la historia y a lo que viven los personajes, sin parecer descolocadas, algo también difícil de conseguir cuando se ajusta la historia a un material concebido previamente. Esto se cumple aunque lo que se genere sea una identidad entre la atmósfera que crea una canción y lo que sucede en escena.
Las canciones de Sabina son más reflexivas que narrativas, por eso resulta un desafío hilarlas con una historia. Por suerte, los dramaturgos encontraron la forma de incluirlas de forma que, aunque no hagan avanzar la acción, tengan como función describir los sentimientos de los personajes o transformarlos y darles matices, operando un cambio interior mientras cuestionan su situación. Magdalena no se siente de la misma forma antes de cantar “Contigo” que después. Juan no es el mismo antes de interpretar “Tan joven y tan viejo” que cuando esta concluye, pues ha madurado en el proceso.
Para mantener la coherencia entre el libro y las canciones, ayuda mucho que el universo que se plantea sea delirante, porque permite moverse con mayor libertad. En ese sentido, la puesta coquetea por momentos con el musical conceptual, por ejemplo, con las intervenciones de Samuel, el cuadro “Yo quiero ser una chica Almodóvar” o el uso especial del ensamble. Entonces, no resulta descabellado pensar que los personajes de las canciones de Sabina se podrían mover en un ambiente como el que se presenta.
Volviendo al libro (escrito por David Serrano, Fernando Castets y Diego San José), y adaptado para Argentina con localismos (celebrados por el público), presenta una buena historia de venganza, crimen y suspenso (más evidente en el segundo acto), con elementos dramáticos, cómicos (muy bien integrados y dosificados) y románticos (tal vez el punto más predecible), si bien uno intuye rápidamente qué rumbo va a tomar el relato (obviamente, sin saber sus pormenores). Además, muchas escenas tienen inyectadas un ritmo cinematográfico. Esto se evidencia, por ejemplo, cuando Magdalena relata a Tuli su visita a Ocaña (para contarle que Mosquito ganó la lotería), en una escena que se lleva a cabo en dos planes temporales simultáneos. El director (David Serrano) supo aprovechar las particularidades del texto y trabajó el pulso narrativo con exactitud, de modo que la historia no aburre, además de hacer un buen uso de la profundidad del escenario.


El ensamble:
No es una novedad, pues se ha dicho en numerosas críticas, pero el ensamble está compuesto por muy buenos artistas, y adquiere un lucimiento especial. La diferencia con otras propuestas con grandes o medianos ensambles (como, el año pasado, Mamma Mia! o, este año, El retrato de Dorian Gray), también integrados por personas preparadas, radica en su aprovechamiento. En ese sentido, el uso del ensamble en Más de 100 mentiras es inobjetable y singular. Por supuesto, detrás hubo nueve coreógrafos y está Elizabeth De Chapeaurouge como directora residente, pero la puesta les da mucho lugar para que su trabajo se potencie. Así, resulta difícil destacar sólo a un par dentro de un grupo sin fisura, donde se nota que hay un estilo de baile pulido. Varias coreografías son impactantes (por ejemplo, la de “19 días y 500 noches”), y muy teatrales, y los bailarines realizan figuras admirables, y es importante remarcar que detrás de lo que se ve en escena hay un dedicado trabajo previo de estiramientos y preparación. Pero, además de todo esto, el ensamble es único porque canta sin mostrar agitación, con solvencia y en vivo, mostrando su condición de artistas integrales. Esta parte me parece muy valiosa, considerando que producciones recientes (y con menor exigencia coreográfica) como El diluvio que viene tenían segmentos pregrabados para las partes cantadas en grupo.
Sin embargo, sí hay algunos tramos en donde no se entiende lo que canta el ensamble (aunque, como mencioné, prefiero que cante en vivo antes que se busque la solución de sustituir sus voces). No obstante, el sonido también se destaca, porque logra integrar bien la música y las voces de los intérpretes (esto se aprecia muy bien en el medley del final del primer acto), sin aturdir, en un teatro chico como el Liceo. También, hay que señalar que los músicos se encuentran separados (dos están en un palco bajo, y el resto, sobre el escenario, a veces, incluso invisibles al público), pero coordinan sin problemas. Como ha sucedido en muchos musicales modernos, los intérpretes se integran perfectamente a la música sin ver al director de orquesta. Los músicos (dirigidos por Hernán Matorra) son una pieza clave de la obra y realizan un papel brillante y aceitado, y los brillantes arreglos potencian su desenvolvimiento. Tal vez puedan, no obstante, molestar a algunos puristas de Sabina.



Los intérpretes:
*Luz Cipriota (Magdalena): se la ve muy cómoda en el escenario y genera empatía; se defiende cantando y baila con gracia.
*Christian Giménez (Juan): asume el compromiso dramático que le exige por momentos su personaje y lo expresa desde el canto (por ejemplo, en “Tan joven y tan viejo”).
*Diego Hodara (Mosquito): presenta algo distinto que en sus papeles previos, forjando complicidad con el público y aportando humor genuino, sin salir nunca de su personaje.
*Sebastián Holz (Samuel): se luce recitando sonetos, se divierte con su personaje, dialoga eficazmente con el público, e interactúa con desenvoltura en escena, además de tener la destreza de cantar y bailar bien al mismo tiempo.
*Carlos Silveyra (Tuli): transmite simpatía y disfruta en escena.
*Rodrigo Segura (Ocaña) primero actúa convincentemente y luego sorprende cantando; emociona con su interpretación contenida de “Una canción para La Magdalena”.
*Néstor Sánchez (Villegas) demuestra que es un buen actor, componiendo a un villano sólido.
*Daniela Pantano (Rossana): se mueve con seguridad.

La escenografía está bien realizada y es funcional al ambiente que se busca crear: las calles de un lugar de la ciudad oscuro y mugriento, lleno de corrupción, traición, crimen e irregularidades, por lo que se evitan los colores vistosos. El bar “Darling’s” tiene aspecto de barato, reciclado e inmoral, mientras que el cuarto donde está la banda pone a los músicos en foco, y tal vez su posición elevada sugiere la incidencia de las canciones en la vida de los personajes (como se ha dicho, los modifican). Las transiciones escenográficas se resuelven rápida y acertadamente al girar los decorados o bajar paneles. El vestuario es correcto, siguiendo la misma línea de no ser demasiado llamativo (salvo en “Yo quiero ser una chica Almodóvar”, donde el mundo del cine contrasta con la sombría realidad de los personajes), y la iluminación es fundamental para acompañar los climas, y, al mismo tiempo, no parecer marcarlos tan explícitamente. Otro dato que merece ser mencionado es la notable calidad del programa de mano.


En resumen: Un musical que vale la pena más allá de la poesía de Sabina, sino que tiene una historia que entretiene y un uso ejemplar del ensamble, y algunas escenas memorables. Cabe aclarar que esta crítica es de alguien que no es fan de Sabina.

Más información:
Dirección: David Serrano.
Teatro: Liceo (Rivadavia 1495).
Duración: 2 horas 35 minutos (incluyendo un intervalo de 10 minutos).
Funciones: miércoles a domingo.
Entradas: de $150 a $300.
Promociones: 2X1 con Club La Nación y Plateanet; 15% de descuento con Banco Ciudad; descuento en “Tickets Bs. As.” (Cerrito y Diagonal Norte).

Fotos: http://www.facebook.com/MasDe100MentirasArgentina/