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lunes, 9 de junio de 2014

Crítica de "Reina Reech: Sobre hombres y mujeres", de Reina Reech y Mauro García Barbé

Categoría: MUSIC HALL

Crítica de Reina Reech: Sobre hombres y mujeres

Buenos Aires, Argentina.
Temporada 2014 (Maipo Kabaret).

Calificación: 7.5 /10


 ¿De qué se trata?: Un music hall donde Reina Reech nos presenta estereotipos masculinos y femeninos, a través de coreografías, canciones, stripteases e interacción con el público.

El punto fuerte de la obra: el regreso al escenario de Reina Reech.
Creo haber dicho ya que recuerdo la etapa en la que Reina se dedicaba al público infantil, y una de sus canciones decía “Atención con el modelo”. En su nuevo espectáculo, el modelo le sigue importando, porque nos muestra otra vez estereotipos de la sociedad moderna (ya no con un tono aleccionador, sino para que podamos sentirnos identificados y reírnos de nosotros mismos). No es casual la referencia a los musicales infantiles, porque Sobre hombres y mujeres se encuentra en la vereda opuesta. Esto es destacable porque Reina es de las pocas actrices que ha podido despertar el aprecio tanto de los más pequeños como de los adultos, en roles disgregados. [Ahora que me acuerdo, Xuxa también pudo a partir de su película pornográfica.]
¿Por qué me detengo en esto? Porque en Sobre hombres y mujeres el público confía en Reina tal como los chicos que la llamaban por teléfono (como el que decía tener una duda, repetido varias veces en programas de archivo y con miles de vistas en YouTube). Este clima no se daba tanto en Las Reinas del Marabú (espectáculo anterior dirigido por Reina, pero que no la tenía sobre las tablas). En él, también se interactuaba con el público, pero este era más reacio a contestar a las preguntas que se le hacían, pese a la gran solvencia de la presentadora. Ahora, la figura de Reina impone un grado de familiaridad y seguridad, y la gente se suelta más: un hombre le cuenta que le gustaría que lo pinchara un enfermerito, un matrimonio confiesa que festejó la noche de bodas con un trío, una mujer de unos 60 años dice que a su marido le encanta el disfraz de cocinera... Un espectador, incluso, la agarra de la cintura (“No me toques, papi”, le marca ella, ante las risas de los presentes) y otros se animan a suspirar ante el micrófono.
Reina adquiere cierta autoridad dentro de la sala, y esto le permite pedirle a un espectador que diga en voz alta lo que comentó en susurros con alguien o advertirle a otro: “Vos no te rías mucho que ya te voy a agarrar con alguna pregunta”.
Por lo demás, Reech es la maestra de ceremonias de la velada, presentando cada cuadro con un cambio de ropa distinto (de Claudia Arce). Además, se comporta como la madre artística de los miembros del elenco, felicitando sus performances.
Su participación se completa con un strip dance en pareja inteligentemente coreografiado por la talentosa Vanesa García Millán. Reina mantiene intacta su sensualidad al bailar y me sorprendieron su coordinación y oído musical.

Siguiendo con las coreografías, son de la creatividad y elegancia habitual de García Millán. La novedad está en que supo aprovecha la inclusión de hombres para algunos números que requieren mayor destreza acrobática (como el de Peter Pan). Así, logró llevar al plano del baile las diferencias entre los sexos de las que habla el libro, representadas con distintas energías y estilos (los hombres se mueven de forma más avasallante y las mujeres son más delicadas). Incluso, tuvo el desafío de coreografiar un cuadro con dos cantantes y supo aprovechar la posibilidad de desplazamientos que supone una silla con rueditas.
Hay que advertir que se repiten algunos de los mejores cuadros de Las Reinas del Marabú (así como sus respectivas presentaciones). En lo personal, esto no me molestó, pero entiendo que algunos puedan tener sus reparos en cuanto a este punto.

El elenco (Evangelina Bourbon, Gisele Takakuwa, Laura Gerolimetti, Verónica Pérez, Ariel Juin, Damián García y Martín Pico) estuvo muy bien seleccionado y se destaca por su rigurosidad al bailar y por su trabajo expresivo, jugando con lo que se sugiere y lo que se muestra (no me detendré en este punto porque recuerdo haberlo hecho ya en la crítica de Las Reinas del Marabú).

Mauro García Barbé (compositor de la pegadiza música) se sube al escenario para cantar y encarnar algunos personajes. Está secundado por Ana Paula Rodríguez, muy cómoda interpretando canciones pop (y transitando varias notas por sílaba).
 El diseño de video de Pablo Rodino interactúa con lo que sucede en escena. Así, por ejemplo, aparecen sombras de los artistas que se independizan de ellos, se estampa una trama a los cuerpos durante un baile o se le da un marco a la historia del hombre obsesionado con la tecnología (el video mejor realizado).
 César Jurisich supervisó cuidadosamente el vestuario, fundamental para que nos creamos cada pequeño relato y cuya buena confección se vuelve un requisito indispensable para realizar un striptease estético y sin fallas. Cuando la ropa comienza a escasear, es vital que todo esté acomodado en su lugar para no arruinar el acto.

Si bien, como dije antes, el libro de Reina Reech repite algunos tramos de Las Reinas del Marabú (donde se celebraba a la mujer), el concepto general está orientado a la clásica e inoxidable “guerra de los sexos”. Es innegable, estos opuestos se atraen, se enfrentan pero no pueden concebir la vida sin el otro (y después la unión se vuelve más fuerte, y etc., etc.). Si alguien hace una mala maniobra con el auto... seguro es una mujer. Si alguien ensució la cocina... seguro fue un hombre. Los prejuicios están más pegados a la sociedad que el obelisco al cruce de las avenidas Corrientes y 9 de julio. Napoleón Bonaparte dijo “Las batallas contra las mujeres son las únicas que se ganan huyendo”, y yo suscribo en parte a sus palabras, pero agrego que nos encanta que las mujeres no dejen de perseguirnos mientras intentamos huir de sus ‘batallas’. Por eso es que no coincido con Reina en cuanto a lo que dice sobre la autosatisfacción, pero ese es otro tema.
Volviendo a nuestro asunto, los cuadros coreográfico-musicales dan cuenta de los arquetipos femeninos y masculinos (la mujer fálica, la geisha, el hombre obsesionado con los superhéroes, el que no quiere crecer, una pareja en su noche de bodas, etc.) y hay tributos a figuras ícono de la masculinidad/feminidad como Zeus, Adán y Eva o las tres Gracias. Algunas escenas son más narrativas que otras. También hay números de parejas del mismo sexo.

Varias personas me preguntaron por mail si había desnudos integrales en Las Reinas del Marabú, así que lo aclaro para este espectáculo. Si bien hay un par de desnudos integrales, ninguno es explícito, y el más notorio es femenino (el masculino se ve según el ángulo donde uno se siente y es muy breve). Por supuesto, sí hay muchas escenas donde los miembros del elenco están con el torso desnudo. De todas formas, más allá de la coreografía y la dirección (de Reina Reech), el tratamiento de la iluminación (nuevamente de Reina) garantiza que ningún desnudo sea vulgar.


Más información:
Dirección: Reina Reech
Teatro: Maipo Kabaret (Esmeralda 449); teléfono: 5352-8383
Duración: 1 hora y 15 minutos
Funciones: $220 a $300
Precio de las entradas: jueves a sábado 21:30 hs. y domingo 21 hs. A partir del 19/6: jueves a sábado 21 hs. y domingo 20:30 hs.
Promoción: 2x1 con Club La Nación Premium

Coreografía: Vanesa García Millán.
Coreógrafa adjunta: Carla Lanzi. Asistente coreográfica: Evangelina Bourbon
Producción ejecutiva: RE! Producciones (Juana Repetto-Eugenia Puggioni)
Producción general: Lino Patalano
Mezcla y mastering: Gonzalo Bernal
Prensa: Duche-Zarate
www.facebook.com/reinareechsobrehombresymujeres

Dibujo que aparece en este artículo: http://cdn.funnie.st/wp-content/uploads/2013/11/menandwomen.jpg

martes, 22 de abril de 2014

Crítica de "Desde mis ojos, una zambita cruel", de Juan Álvarez Prado, Franco Moretti y Hernán López Sosa

Categoría: OBRA MUSICAL

Crítica de Desde mis ojos, una zambita cruel

Buenos Aires, Argentina.
Temporada 2014 (Teatro Gargantúa).

Calificación: 7.5 /10

Una imagen que armé inspirada en la obra

¿De qué se trata?: Situada en Buenos Aires, en los años 50. Un rígido dueño de estancia y su hija adolescente, marcados por la tragedia, reciben a Lucas, el primo de la joven, que ha llegado de la ciudad para trabajar en el campo. Con el transcurso de los días, surgirá un amor prohibido, del que será testigo un caballo que los primos intentan domar. De hecho, veremos esta historia desde sus ojos.

El punto fuerte de la obra: la dirección de Juan Álvarez Prado.
El creador y director de Embarazados, ecografía de una espera (uno de los mejores musicales off que recuerdo haber visto en los últimos años) regresa con un material muy distinto, pero reafirma su efectividad para contar una historia. Sin dudas, un rasgo positivo de Desde mis ojos es que logra crear una atmósfera, y esto sólo puede suceder cuando se cuidan todos los detalles. Así, la pieza envuelve al espectador en un ambiente áspero, severo y salvaje. No necesitamos ver demasiado del campo para sentir que estamos en él. Tampoco requerimos que haya animales en escena.
En manos de algún creador desprevenido, es muy probable que el efecto no hubiera sido tan subyugante, porque varios han explorado ese espacio con bastante artificialidad. Pero Álvarez Prado parece conocer la esencia del ámbito rural lo suficientemente bien como para recrearlo en pocos metros cuadrados, en pleno Colegiales. A esto se suma el hecho de que no sólo quiere que viajemos en el espacio, sino también en el tiempo. Entonces, es ahí cuando el marco adquiere una rigidez mayor, propia de los códigos sociales de los años 50… aunque muchos de los prejuicios siguen siendo los mismos. Me detuve en todo esto para mostrar lo bueno que es tomarse un tiempo para crear una base sólida y decidir qué es lo que una obra pretende ser para lograr mejores resultados.

Retomando lo importante de la sugestión para transportar al público, nos topamos con la memorable interpretación de Patricio Witis, en la piel de un caballo. Algunos musicales de Broadway ya han usado actores para hacer de animales. Es el caso de Cats, El Rey León y El Mago de Oz. No obstante, estos siempre estaban inmersos en un mundo inverosímil, en el que podían hablar. Desde mis ojos plantea otro desafío: que un actor interprete a un caballo dentro de un entorno realista y que, para colmo, el caballo pueda oficiar de narrador y hasta cantar. Lo que podría haber sido ridículo o bizarro y hacer virar el registro de la obra hacia el absurdo está trabajado de tal forma que este detalle es sumamente poético. Además, está perfectamente integrado al espacio, dado que uno le cree a Witis que es un caballo y que vive en un corral. Tampoco esperen ver una versión argentina de Mr. Ed, porque este animal no se comunica verbalmente con los humanos, sino que atestigua lo que sucede y reflexiona con seriedad.
Como se verá, es un personaje complejo, y Witis cumple en exceso (apuntalado por Álvarez Prado). Con el torso desnudo, prescinde de cualquier referencia a un equino desde el vestuario, sino que compone desde lo físico. Captura movimientos reconocibles en los caballos y los reproduce con una combinación de habilidad y sensibilidad. Atraviesa, así, distintos estados del animal, como su brusquedad, su sufrimiento, su vínculo con las personas y su fuerza. Siempre mira hacia el frente, y permanece prácticamente toda la obra en escena.

Asimismo, el caballo es sólo uno de los elementos campestres que le sirven a Álvarez Prado (también autor del libro) para construir metáforas que enriquecen la narración. Tal es así que, en la última escena, termina conectando toda la historia con la idea de lo rural, pero no voy a adelantar más. Además, desarrolla la clásica tensión entre campo y ciudad, el romance juvenil, los conflictos familiares, la viudez y, como se dijo anteriormente, las convenciones de los años 50.
Otro tema que trata es el de la música (en este caso, folklórica) y su capacidad para transformar la realidad. Es por esto que las canciones no desentonan, al margen de que no son tantas. Por otra parte, un acompañamiento instrumental en guitarra (tocada en vivo por el compositor, Franco Moretti) marca el ritmo de varios momentos de acción dramática, y está más presente.
Acerca de las canciones, el género folklórico le sienta bien al relato. Me gustaría destacar dos piezas por su belleza compositiva: el solo de Lucas (donde el tempo rápido parece sugerir el veloz desplazamiento de los distintos paisajes a través de la ventana del tren) y el dúo entre los primos (acorde al romance blando que viven). Si bien se escucha folklore (a veces, con reminiscencias de la rama más moderna), hay también una zamba, que le da al espectáculo su subtítulo.
Hernán López Sosa es el letrista de las canciones, y sigue la línea de Álvarez Prado al incluir metáforas y reflexiones. Se nota que las canciones no están porque sí, sino para que los personajes puedan hablar a través de ellas (véase la relación especial que tienen el caballo y el tío de Lucas con la música y cómo van reaccionando ante ella).

Julián Rubino (Lucas), que había sido el cover masculino en Embarazados, maneja correctamente el equilibrio entre la inocencia de su personaje y su costado más impulsivo, y canta y toca la guitarra con seguridad y expresividad. Celeste Sanazi (Soledad) se va ablandando progresivamente como exige el guión, y tiene buena química con Rubino y una voz dulce. Mariano Muente (padre de Soledad) aporta la tensión en la historia. Se nota que se trabajó la unión del grupo en los ensayos, algo que suele suceder en proyectos off con pocos actores. Otro aspecto para señalar es la buena proyección vocal de todos, puesto que no usan micrófono pero se los escucha perfectamente.

La iluminación marca el día y la noche, pero siempre con tonos que nos alejan de la ciudad. La mencionada escenografía (de Alocarte), pese a ser sintética, logra generar tres espacios en un escenario reducido, a partir de la elección de componentes clave. El vestuario es sencillo.

Por último, las coreografías de Florencia López Mañan tienen una particularidad: no apuntan al baile folklórico, sino que permiten resolver ciertos desplazamientos que son difíciles de mostrar (por ejemplo, el juego de Lucas y Soledad con el caballo o la cabalgata).

En resumen: Una obra fantásticamente dirigida por Juan Álvarez Prado, que envuelve al espectador en la áspera atmósfera de un campo en los años 50. Un trabajo memorable de Patricio Witis, un texto con ecos poéticos, bellas canciones folkóricas y muy buenas interpretaciones garantizan que Desde mis ojos ya se posicione como uno de los espectáculos off más destacados del 2014. Una zambita cruel para vernos reflejados en nuestro lado más animal. Recomendada incluso para los no amantes del género musical.

¿Qué se puede aprender viendo esta obra?: Cómo sugerir un espacio y una atmósfera, a partir de pocos recursos, teniendo un planteo claro.


Más información:
Dirección: Juan Álvarez Prado.
Teatro: Gargantúa (Jorge Newbey 3563, Colegiales) – 4555-5596 info@teatrogargantua.com.ar
Funciones: lunes a las 21 hs.
Duración: 1 hora y 10 minutos.
Precio de las entradas: $70.
Fotografía: Bruno Moretti.
Diseño gráfico: Juan Ignacio Bruzzo.
Producción ejecutiva: Fiorella Costadoni.
Prensa: Daniel Falcone.
http://www.facebook.com/pages/Da-Capo-Producciones/462455630522166


Dato de color: si les gusta lo laberíntico, no se pierdan la oportunidad de subir al baño antes de entrar a la sala (es decir, al del bar).

domingo, 21 de julio de 2013

Crítica de "Camila, nuestra historia de amor", de Fabián Nuñez

Crítica de Camila, nuestra historia de amor

Buenos Aires, Argentina.
Temporada 2013 (Teatro Lola Membrives).

Calificación: 7.5/10



¿De qué se trata?: La eterna historia de Camila O’Gorman y el sacerdote Uladislao Gutiérrez, enamorados durante la opresiva dictadura de Rosas en nuestro país, y sus esfuerzos para concretar su amor.

El punto fuerte de la obra: la música de Fabián Nuñez; toda una revelación.
Nuñez escribió, además, el libro, y está a cargo de la dirección, y es admirable encontrarse con un creador tan apasionado por su obra, que pudo lograr su sueño de estrenarla en un teatro tan importante e imponente como el Lola Membrives, con producción de Sabrina Romay. Hacía cinco años (según relató Pablo Gorlero en http://www.lanacion.com.ar/1538250-bambalinas) que tenía el libreto y un CD con demos de las canciones circulando. Dicho se el paso, en este link pueden escuchar la gran versión de “Amar sin limitar” que grabó Elena Roger: http://www.youtube.com/watch?v=n8WdN523P1Q.
Mucha gente se confundió esta obra con la versión de la misma historia de amor que se presentó en el Centro Cultural Borges en el 2004 (http://www.lanacion.com.ar/616843-vuelve-camila-en-version-musical), por eso hay que aclarar que esta es distinta.
Volviendo a las melodías de Fabián Nuñez, muchas son realmente bellas y teatrales (supo integrarlas muy bien a la historia y a los sentimientos de los personajes). Varios críticos señalaron el enfoque ingenuo de la propuesta, y estoy de acuerdo en que no es precisamente una versión oscura del relato, si bien obviamente adquiere los necesarios matices trágicos (desde la dirección, es acertado el cambio de tono durante la segunda mitad de la obra). No obstante, me parece bien que se quiera probar algo distinto, y las canciones encajan dentro del romance idealizado que, en medio de la opresión que sufren sus jóvenes protagonistas, se vuelve a veces naïve (pocas veces aflora la pasión desenfrenada). Me gustó que se haya adquirido esa mirada, y que las notas del pentagrama sean fieles a ella. Nuñez le otorga, además, por lo menos un solo a cada personaje (menos al Padre Ganon), y eso les da posibilidades de lucimiento a los miembros del elenco, y además le permite adentrarse en la mente de los distintos seres y, en ciertos casos, explorar diversos tonos dentro de su música (no radicalmente diferentes, de todos modos).
Por cierto, la música instrumental está pregrabada, pero se nota la magistral dirección de Gerardo Gardelín. El diseño de sonido de Gastón Briski permite escuchar correctamente lo que cantan los personajes.
Algunas de las letras de las canciones presentan figuras imaginativas, y permiten que los personajes se expresen con solvencia.
El texto está bien pensado desde el timing y el foco a distintos lugares donde se desarrolla la acción. Para este último punto, el director tiene como ayuda una fantástica escenografía (también de Fabián Nuñez, con Lili Diez), con estructuras giratorias, para representar la iglesia y la casa de Camila desde distintos ángulos. Sobre el final, resulta oportuno el recurso de las estrellas y las celdas.
Un detalle histórico insignificante para el resultado artístico de la obra: en la época de Rosas, no se podía tener una puerta verde (como la que se muestra en la casa de Camila) o azul sin sufrir el hostigamiento de la mazorca (el brazo armado del dictador). Por eso, resultaría impropio que un hombre respetado como Adolfo O’Gorman dejase ese detalle al azar (el interior de su morada sí es de un tono rojizo, como era reglamentado).
La iluminación de Ariel Ponce es esencial para indicar dónde debe poner la atención el espectador y, ocasionalmente, sugerir climas narrativos y marcas temporales.
Con respecto a los datos históricos, me gustó que se reflejaran aspectos de la etapa rosista: la estrecha relación entre la iglesia y el régimen (las frase “Si hay entre nosotros algún inmundo, salvaje, asqueroso unitario, que reviente”, que pronuncia durante la misa el Padre Ganon, eran dicha por el Cura Gaeta antes de proclamar el Evangelio), la condición de Rosas como autoridad moral, la tensión con los unitarios, la rigidez de las familias, la obligatoriedad de mostrar la conformidad al régimen, el uso de la divisa punzó, el clima de terror y violencia  y la posición de Manuelita Rosas como intercesora entre los desafortunados y su padre.



En cuanto al elenco, gran parte del peso recae en Natalie Pérez (Camila O’Gorman), que tiene la responsabilidad de ser el alma de la obra en muchas escenas. Lo logra, interpretando a su personaje con mucha naturalidad, frescura y carisma, pero siempre dentro del marco ingenuo que planteó el autor. En algunos tramos, su Camila adquiere valiosos matices, y uno le cree que sufre por amor. Evolucionó como cantante desde su última aparición teatral (en El diluvio que viene), y tiene momentos donde sorprende.
Con respecto a Peter Lanzani (Uladislao Gutiérrez), se nota que no tiene experiencia en comedia musical, pero le pone entusiasmo a su labor. No obstante, se puede distinguir que tuvo cierta preparación en canto (la coach vocal de la obra es Laura Silva), por lo menos para afirmarse en los finales largos y que suenen bien en notas más arriesgadas sin llegar a lo que en Broadway llaman belting. Buen trabajo en ese aspecto. No está tan confiado en todas las melodías, y su nivel va oscilando, sin llegar a un punto alto, pero es bueno que se arriesgue a probar cosas nuevas, y que pueda ir perfeccionándose en el futuro. De todas formas, sus canciones no son tan demandantes. Se lo observa bastante tenso cuando canta (probablemente porque se esfuerza por hacerlo correctamente), a tal punto que ejecuta algunos movimientos casi robóticos pero, repito, su esfuerzo vale la pena (eso no quita el hecho de que el canto no es su fuetre, al menos en vivo). En lo actoral, tiene química con Natalie Pérez y compone a Uladislao con una postura muy adecuada. Encaró aceptablemente la personalidad tímida y contenida del principio de la historia, las dudas y el miedo de la mitad, y la liberación, el amor y la tristeza durante el final.
Los personajes secundarios acompañan perfectamente a los protagonistas.
La Ana Perichon de Julia Zenko es magnífica. Sus canciones son probablemente los mejores momentos musicales. Sabe darle relieve a su sufrida criatura durante el canto y la actuación, y hace verosímil su relación afectiva con Camila. Por supuesto, es en ella donde más se destaca el logrado maquillaje de Juan Gasparini.
Magalí Sánchez Alleno reafirma que es una artista integral impresionante (y que puede serlo en distintos terrenos). A pesar de que sus intervenciones son pocas, su Manuelita está llena sentimiento, y su solo (“Mis ojos ciegos”) es un gran momento, con compromiso actoral. Indudablemente, sabe transmitir.


Miguel Habaud encarna correctamente la rigidez de Adolfo O’Gorman (en el canto y la actuación), y tiene una participación como el Virrey Liniers.
Santiago Ramundo como Eduardo O’Gorman crea relaciones creíbles con los miembros de su familia y de la iglesia. Su personaje no tiene posibilidades para mostrar mucha destreza vocal, pero sale airoso.
Sergio di Croce (Ricardo) canta muy bien (aunque sea sólo en una breve escena). Asume la responsabilidad de luego componer a un personaje distinto: Antonio Reyes.
Déborah Dixon escoge en un registro actoral muy acertado como Matilde (la “nana”) y tiene una muy buena voz. Tiene la posibilidad de desempeñarse en pasajes con humor y también mostrar su costado desconsolado y su cariño por Camila.
Nelson Rueda resulta ser un buen Padre Ganon.
No pude ver a Laura Silva en el personaje de Joaquina (la madre de Camila), pero sé que es una gran actriz y cantante. En su lugar, estuvo Déborah Turza (responsable de los covers de los cuatro personajes secundarios femeninos), otra actriz con trayectoria en musicales y muy versátil. Disfruté mucho su canción “¿Cómo llegamos aquí?”, y la transformación que sufre su personaje y vuelca en esa melodía.

El vestuario de Pablo Battaglia es excelente, así como el diseño de peinados de Ricardo Fasan.

El mayor logro de esta obra es generar interés por el desarrollo de una historia más que conocida.
  


En resumen: Fabián Nuñez se acercó a la historia de Camila desde una visión personal (por eso no hay que compararla con la versión fílmica de la historia) y compuso melodías muy interesantes. Natalie Pérez lleva el peso de gran parte de la obra, y los actores y actrices secundarias acompañan sin fisuras, y estas últimas se lucen enormemente durante sus solos. Se destacan la escenografía, el vestuario y el maquillaje. Un verdadero hallazgo.

Fotos: https://www.facebook.com/camilaelmusical

Más información:
Dirección: Fabián Nuñez.
Teatro: Lola Membrives (Av. Corrientes 1280).
Duración: 2 horas.
Funciones: hasta el domingo 28 de julio. Miércoles a viernes a las 21:00. Sábado a las 20:00 y a las 22:30. Domingo a las 20:30.
Entradas: $95, $180, $200 y $240.
Promociones: 2x1 con Club La Nación, a través de Ticketek, a partir de las entradas de $180. Descuento en localidades de platea en "Tickets Bs. As." (Cerrito y Diagonal Norte).


sábado, 6 de julio de 2013

Crítica de "Vale Todo (Anything Goes), basada en el nuevo libro de Timothy Crouse y John Weidman y con canciones de Cole Porter; en versión de Fernando Masllorens y Federico González del Pino y Marcelo Kotliar

Crítica de Vale Todo (Anything Goes)

Buenos Aires, Argentina.
Temporada 2013 (Teatro El Nacional).
NOTA: Temporada 2014 - MAR DEL PLATA (Auditorium Piazzolla)

Calificación: 7.5/10


¿De qué se trata?: Billy Crocker, en un acto de amor, decide infiltrarse en un crucero hacia Londres, abandonando su trabajo, para seguir a su amada Hope Haracourt, quien va a casarse en altamar con el millonario Lord Evelyn Oakleigh. Debe evitar ser descubierto por su jefe y por los miembros de la tripulación, quienes lo confunden con el Enemigo Público Número Uno. A su vez, viajan también en el barco el gángster Moonface Martin (Enemigo Público Número Trece), disfrazado de sacerdote, y su poco recatada secuaz Erma, y la artista Reno Sweeney, una vieja amiga de Martin y Billy. Ellos tratarán de ayudar a Billy a conquistar a Hope, en medio de numerosos enredos.

El punto fuerte de la obra: el cuadro “Vale Todo” (“Anything Goes”), que cierra el primer acto.
Era riesgoso lanzarse a renovarlo, porque la coreografía original (mejor dicho, la del último revival de Broadway de 2011, en el que se basa la versión argentina) es gloriosa (si no vieron un video, por favor háganlo). Sin embargo, se decidió hacer una coreografía original, a cargo de Rodrigo Cristófaro y Vanesa García Millán, que resulta muy efectiva y también requiere de una gran destreza. Aunque me hubiera gustado que se usara la plataforma de arriba, hay que dejarse llevar por este nuevo diseño, y que se haya decidido crear antes que recrear es un punto a favor. El ensamble la interpreta de una forma muy pulida y muestra su destreza para el tap.
Destaco esta escena porque es uno de los momentos insignia del musical clásico de los años 30, y era difícil estar a la altura de las expectativas de muchos fans del género. Por lo menos para mí, cumplió con creces. La genial canción de Cole Porter sonó brillantemente en la gran orquesta (el grupo de músicos, con Hernán Matorra en el piano, es impecable, y es uno de los puntos más destacados de esta obra). Los arreglos de Mariano Otero (conocedor del jazz) son excelentes, porque no alteran el espíritu de las partituras originales. Debo confesar que sentí cierta emoción cuando escuché la melodía en la obertura, pero lamentablemente quedó opacada porque (como ya comenté en la reseña de Los Locos Addams), hay gente que sigue pensando que es sólo música de fondo y hace comentarios inútiles como “Mirá cuánta gente” o “A una cuadra hay una pizzería” mientras la orquesta está tocando. Un paréntesis: incluso había familiares de actores que, una vez empezada la función, decía “Mirá, allá está fulano, ¿lo ves?”, pero es otro detalle que nada tiene que ver con el espectáculo en sí.
Volviendo al número “Vale Todo”, quería comentar que fue aplaudido por mucho tiempo, incluso después de que había caído el telón.
Una mención también merecen otros cuadros coreográficamente poderosos como “Toca, toca, Gabriel” y “Cuidate de mí”, donde el espectacular ensamble tiene posibilidades de sobra para desplegar su talento y lograr atractivas figuras.
El ensamble también se destaca cantando durante "Enemigo Público Número Uno" y "Vale Todo".



Uno de los mayores atractivos que tiene “Vale Todo” es su ingenuidad. No propone un humor con una sobredosis de chistes hilarantes, sino que, con simplicidad, hace que el espectador entre en un juego alocado, que le saca una sonrisa. Me pareció muy interesante la idea de traer de vuelta el espíritu de los musicales de los 30, como los de las entrañables películas de Fred Astaire y Ginger Rogers (de hecho, para los que estén atentos, hay una referencia a Top Hat). Hace bastante que no había en cartelera una propuesta como esta, que pertenece al grupo de las comedias musicales de enredos, con situaciones disparatadas (y resolución acorde, incluso demasiado apresurada y rebuscada). También, resucitó el citado tap, que tiene una gran potencia. Obviamente, no todos los espectadores aprecian estos elementos, por eso aclaro qué tipo de musical es.
La música de Cole Porter (junto con George Gershwin e Irving Berlin, uno de los grandes indiscutidos del jazz de su generación) es magnífica, y le agrega momentos muy entretenidos a la historia. Con la adaptación de las letras, Marcelo Kotliar acertó de nuevo (destaco “Sos lo más/You’re the Top”, difícil de traducir).
Fernando Masllorens y Federico González del Pino hicieron un buen trabajo con la versión del libro, aunque con momentos más notables que otros.



Florencia Peña me sorprendió gratamente, demostrando un gran crecimiento en el género. La verdad, me había desilusionado cuando la eligieron como Reno Sweeney, porque es un papel que requiere una actriz muy completa. No obstante, Peña demuestra estar entrenada y poder asumirlo en todos los niveles. Ya se sabe que es buena actriz cómica, pero tiene momentos donde maneja muy bien su voz para el canto, administrando bien el aire a pesar de la agitación de las coreografías. Pero sin lugar a dudas, alcanza un admirable nivel de baile, luciéndose en el tap. Si bien tuvo varios tropiezos en su vida fuera del escenario, y declaraciones que no comparto, su compromiso en el escenario es inequívoco, y se carga al hombro varias escenas.
En cuanto a Diego Ramos (Billy Crocker), sigue demostrando que el canto no su fuerte, si bien se defiende. No le da la proyección correcta a su voz durante el canto, y fue difícil escucharlo con claridad. Es una lástima, porque había mejorado en ese aspecto en Te quiero, sos perfecto, cambiá, luego de un desempeño regular en La novicia rebelde. Su nivel no es malo, pero es apenas correcto. No me causa rechazo como Ricardo Fort cantando algo de El Rey León o El Fantasma de la Ópera (mis amigos suelen cargarme con eso). Eso sí, durante “Sos lo más”, baila con mucha gracia. El público lo quiere mucho, de todas formas. En la actuación, se nota que se divierte. Con el tiempo, sé que va a poder explorar más facetas de su personaje (como hizo con el Capitán Von Trapp, con el correr de la temporada), aunque se lo nota desenvuelto en situaciones cómicas (ya había explotado bien esa faceta en La Tiendita del Horror). 
Enrique Pinti (como el Enemigo Público Nº13, el gángster Moonface Martin) sigue confirmando que tiene un gran talento y versatilidad, y realiza varias intervenciones graciosas.
Otra artista que me sorprendió fue Sofía Pachano. Sabía que era buena bailarina (lo demuestra en “Cuidate de mí”), pero compone a una Erma carismática, con toda la soltura que necesita su personaje. Atraviesa su número de canto con oficio (a pesar de tener menos preparación vocal), nuevamente respirando bien a pesar de participar de una coreografía.
Si leyeron la crítica de Borracho, un after musical, ya saben que pienso que Josefina Scaglione es una de las mejores actrices jóvenes de musicales. En Vale Todo, reafirma su capacidad de transmitir al combinar perfectamente todas las disciplinas esenciales de la comedia musical (actuación, canto y baile). Su solo (“Adiós, dulce sueño, adiós”) fue el momento de canto con mayor técnica de la función y, a la vez, de mayor sentimiento desde el compromiso actoral. Su Hope tiene la frescura necesaria.
Noralih Gago (como Evangeline Harcourt, la madre de Hope) es perfecta para su desopilante personaje, y lo hace suyo desde el primer momento.
Roberto Catarineu (poseedor de un oficio, un muy buen timing y simpatía, interpretando a Elisha Whitney, el jefe de Billy) y Martín Salazar (Lord Evelyn Oakleigh, el prometido de Hope) se mueven muy cómodos en la comedia, creando personajes divertidos, y siendo fieles a sus composiciones en el canto.
Leo Bosio (Sobrecargo), en participaciones pequeñas, logra generar simpatía. Mariano Musó, en otro papel menor (el del Capitán) también encuentra unos pocos momentos para jugar con su personaje.



Lamentablemente, no todo reluce en Vale Todo. Al menos en la función de estreno al público, hubo notorias fallas en el sonido que no esperaba en una producción de esta categoría. Sobre todo, por el precio de las entradas (y este crítico pagó su entrada). Al margen, recordaba que ver Sweet Charity, también con Florencia Peña, en el 2007, me había salido $30, cuando ahora la entrada más barata para ver Vale Todo cuesta $170.
Volviendo al sonido, incluso un miembro del equipo creativo, al que escuché hablar al salir de la sala, comentaba “Y, bueno, es que estamos en clima de segunda función, por eso hay problemas con los micrófonos y la iluminación”. A mí me parece inadmisible. Entiendo que esto pueda pasar en una muestra de teatro o en una obra escolar, pero no en una producción como Vale Todo, donde todo debería estar previsto y ensayado hasta alcanzar la mayor perfección posible. Había repetidas dificultades para escuchar a los intérpretes, que no fueron solucionadas. Espero que se ajuste con el correr de las funciones (si alguien la fue a ver después del estreno, por favor comente qué pasó con este tema), porque, si no, resta mucho, y es una de las razones por las que le bajé la nota a la obra. La iluminación no me pareció desastrosa, sino que no demasiado creativa, pero tal vez se deba a esos problemas técnicos que hay que ajustar. Calculo que se arreglará pronto.

Cabe destacar que Alejandro Tantanian (director) también se lanzó a hacer una versión propia de la puesta. Tal vez, por gusto personal, yo hubiera usado la profundidad del escenario en forma distinta en ciertas escenas.
La escenografía es funcional, grande pero simple en su diseño, también especialmente adaptada para la versión argentina por, Oria Puppo. Me pareció ingenioso el cambio de ángulo del barco para el segundo acto. Hay, además, algunas “puertas trampa” en el escenario, por las que suben o bajan algunos actores.
El vestuario de Pablo Battaglia (una creación original) tiene varios buenos diseños, sobre todo para los personajes femeninos.
Con respecto al precio de las entradas, es verdad que es una obra con una gran cantidad de artistas en escena, pero se podría establecer una gama más amplia de precios (como en el caso de Los Locos Addams).


En resumen: Una comedia musical clásica ligera y disparatada, con divertidas canciones de Cole Porter. Un fantástico número de tap con coreografía original cierra el primer acto. Muy buen desempeño de Florencia Peña. Brillantes participaciones de Enrique Pinti y Josefina Scaglione. Sorprende Sofía Pachano. La poblada orquesta es superlativa. Para divertirse sin pretensiones, y sin esperar un final excelentemente resuelto. La historia es ágil y busca complicidad constante con el espectador. El resultado final no deslumbra como para calificarla como una obra maestra (sí lo hacen muchas de las escenas, es justo aclararlo), pero entretiene con nobleza y buenos recursos. Es, no obstante, uno de los estrenos más destacados del año.

Es una pena que el sonido no haya estado a la altura en la función de estreno. Espero poder volver para disfrutar más de uno los mejores estrenos del año.

Más información:
Dirección: Alejandro Tantanian.
Teatro: El Nacional (Av. Corrientes 968).
Duración: 2 horas y 30 minutos (incluyendo un intervalo de 10 minutos).
Funciones: miércoles y jueves a las 20:30; viernes a las 21:00; sábado a las 20 :00 y a las 23:00; domingo a las 20:00.
Entradas: de $170 a $300.
Promociones: 2x1 con Clarín 360 (miércoles y jueves) y 15% de descuento con tarjeta Citi.

Fotos: Faroni Prensa.

NOTA: TEMPORADA 2014 - MAR DEL PLATA
Teatro: Auditorium Piazzolla (Bvar. Marítimo 2280); Tel.: (0223) 493-6001
Funciones: miércoles y sábado doble función, a las 20:45 y a las 23:30 hs.; jueves, viernes y domingo a las 21:30 hs.
La entrada más cara cuesta $270.

martes, 11 de junio de 2013

Crítica de "Forever Young", de Eric Gedeon, en versión de Paco Mir, Joan García, Carlos Sans, Pablo Kompel, Sebastián Bultrach y Daniel Casablanca

Crítica de Forever Young

Buenos Aires, Argentina.
Temporada 2012 – 2013 (Teatro El Picadero) – 2014 (Teatro Metropolitan Citi).

Calificación: 7.5/10


¿De qué se trata?: Un musical con un amplio repertorio de canciones de los 70s, 80s y 90s, que cuenta un día en la vida de seis ancianos que han sido artistas y viven juntos en un geriátrico. Las canciones les sirven para combatir el aburrimiento y no perder la vitalidad, enfrentando la vejez de la mejor manera (con alegría), y aprovechan para divertirse con ellas cada vez que la enfermera se ausenta.
Basada en la versión catalana (del grupo Tricicle) de un musical noruego (Evig Ung).


El punto fuerte de la obra: las interpretaciones. Sin dudas, los actores son el alma de esta obra, que probablemente no sería tan efectiva si no se hubieran confiado los roles a actores tan buenos, todos experimentados en teatro musical. Parece una paradoja, pero muchas veces se priorizan otras cosas antes que la formación de un actor o lo que transmite en escena, y tiene un gran valor que la producción haya elegido a estos artistas.
Ivanna Rossi, Martín Ruiz, Melania Lenoir, Omar Calicchio, Walter Canella, Andrea Lovera y Dan Breitman son un derroche de histrionismo, y humanizar sus caricaturas. La composición de los personajes está abordada desde la actuación, que la fortalece, y por eso funciona. Los personajes tienen matices, relieves, son cercanos al público, que puede identificarse con ellos. El director, Daniel Casablanca, seguramente tuvo mucho que ver con esto y con la forma en que se vinculas los viejitos, que permanecen toda la obra en escena. Todos los actores saben plantarse y moverse en el escenario con oficio, siempre en personaje, al que habitan. Atraviesan pasajes que requieren de distintas pautas con solvencia, como la rutina de ejercicios, el baile, la reacomodación de cada uno en su lugar o la gran escena con parlamentos de Shakespeare, y tienen el manejo del humor sumamente afianzado.
Gimena Riestra ya ha sido alabada por muchos críticos por su papel de enfermera, y se merece la ovación que recibe. Demuestra intuición escénica, timing y una buena voz para cantar. Su personaje le permite desplegar su talento, presentar a los personajes, generar constantemente situaciones distintas, y dar un vuelco hacia el final de la historia. Hace grande un rol secundario.
Gaby Goldman, por su parte, sigue demostrando que es un pianista y arreglador brillante, pero suma una faceta actoral, en la que se mueve muy bien, en pequeñas intervenciones.


Debo decir que cuando leí cómo estaba estructurado el musical, todo parecía indicar que sería un divertimento chato, porque las canciones aparecían sin tener relación directa con una trama (esta obra carece de un argumento tradicional), como sí sucede en cualquier musical hecho y derecho. No obstante, la resolución de este problema me sorprendió gratamente, si bien es cierto que las canciones no sirven para hacer avanzar la trama ni tienen relación directa con lo que sucede en escena, son fundamentales para dotar de diversión la vida de los protagonistas, cambiando su forma de afrontar la vida. En ese contexto, los personajes no podrían vivir sin música. Además, algunas marcan climas, potenciadas por los arreglos (como “Smells Like Teen Spirit”, que logra transmitir mucho a partir de cómo se canta). También, es notable que una canción como “Barbie Girl” llegue a dar escalofríos gracias a su uso dentro de la obra. Otro momento destacable es la interpretación de “Forever Young” (por Melania Lenoir) que viene después de esa escena, y adquiere un sentido renovado a la luz de lo que pasa.
La selección de canciones fue realmente muy buena y amplia (conviven “El lago de los cisnes”, “Una lágrima sobre el teléfono”, "Notti Magiche", “Roxanne”, “Chiquitita”, “0303456” y “El Rock del Gato” por dar ejemplos de su heterogeneidad), dado que traviesa varias generaciones y géneros. Es por eso que la versión argentina (de Paco Mir, Joan García, Carlos Sans, Pablo Kompel, Sebastián Bultrach y Daniel Casablanca) es creatividad pura, y esto se traslada también a los momentos del libro donde no se canta. La obra hace un manejo ejemplar del humor, puesto que hay gags efectivos permanentemente. El staff de adaptadores argentinos partió de un concepto catalán (basado en la obra original noruega), pero lo dotó de originalidad, personalidad e identidad argentina, apelando al público local con las canciones (el cuadro de rock nacional es un gran momento) y los chistes, buscando su identificación. Hace unos meses, estuve presente en los premios Florencio Sánchez, donde Gimena Riestra subrayó lo importante de apropiarse del material, y abordarlo con creatividad antes que encararlo desde lo superficial (no recuerdo exactamente las palabras que usó, pero Pepe Cibrián se dio por aludido, tras su regular pieza Excalibur, y, por las dudas aclaró que su dramaturgia tenía corazón, sólo que sus obras eran más caras).
Volviendo al libro, este culmina con un giro interesantísimo, e invita a la reflexión y la emoción (ambas en forma sincera y desprejuiciada) en su último tramo.
Por poner un ejemplo de los localismos, despierta carcajadas la mención de Guillermo Francella (aunque ya está cremado y reducido a cenizas, siguen repitiendo Casados con hijos), Julio Chávez (en el borda) y Les Luthiers (vivos, de gira entre Madrid y Buenos Aires).
La escenografía de María Oswald es vistosa, y tiene pósters de comedias musicales argentinas que llamarán la atención de todo fanático del género. El vestuario es simpático y el maquillaje y las pelucas son indispensables para construir la lograda apariencia de los viejitos.
La coreografía simple de la siempre efectiva Elizabeth de Chapeaurouge aporta momentos divertidos.


En resumen: Una obra sencilla, que aborda un tema complejo (envejecer) y nos hace enfrentarnos a él y reflexionar desde el humor. Está apoyada en excelentes interpretaciones de artistas reconocidos del género y una gran adaptación del libro, pensada para el público local, llena de ingenio y gags y manejada con buen timing por el director Daniel Casablanca.

Más información:
Dirección: Daniel Casablanca.
Teatro: El Picadero (Pasaje Discépolo 1857).
Duración: 1 hora 35 minutos.
Funciones: miércoles a domingos.
Entradas: $170 a $200.

NOTA: INFORMACIÓN 2014
Elenco: Walter Canella, Christian Giménez, Melania Lenoir, Andrea Lovera, Mariela Passeri y Germán Tripel. Pianista: Pablo Bronzini.
Teatro: Metropolitan Citi (Av. Corrientes 1343).
Precio de las entradas: desde $180 hasta $240.
Funciones y promociones: consultar en https://www.plateanet.com/Obras/forever-young